La política domesticada: cuando la sumisión vale más que la justicia

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Por Carlos Gómez A. El Coach.

En la vida partidista y en las funciones públicas actuales, la realidad se ha distorsionado: la sumisión ha desplazado a la lealtad a los principios de justicia y libertad. Lo que debería ser un espacio de debate, propuestas y construcción de futuro, se ha convertido en un escenario donde se premia más al que obedece que al que sirve.

La subordinación pesa más que los resultados y el compromiso de representar a una comunidad. Hoy, quienes se atreven a cuestionar, proponer o disentir corren el riesgo de ser excluidos, mientras que los obedientes, aunque estén vacíos de resultados, ascienden en las estructuras partidistas. El mensaje es claro: callar y asentir abre puertas, pensar y defender convicciones las cierra.

En esta lógica perversa, la obediencia cuenta más que las propuestas. Diputados, regidores o alcaldes ya no son valorados por su capacidad de diseñar soluciones o transformar realidades, sino por qué tan alineados están a la línea de su partido o de su jefe político. El precio de esta obediencia ciega lo paga la ciudadanía, que termina representada por funcionarios sin voz propia, sin iniciativa y sin compromiso real con la comunidad.

¿En qué momento dejamos que la política se domesticara? La justicia y la libertad parecen convertirse en discursos de ocasión, mientras en los hechos se castiga al político que piensa y se premia al que calla. Pero una democracia no puede sostenerse en la obediencia: se sostiene en la pluralidad, la crítica y la defensa del bien común.

Es tiempo de romper con la cultura de la sumisión. La sociedad debe exigir a sus representantes dignidad y propuestas, no obediencia servil. Porque un político que responde solo a la voz de su jefe no representa a la gente, representa a un interés privado. Y cuando esto sucede, la democracia se vacía, la justicia se posterga y la libertad se marchita.

El llamado es claro: ciudadanos y líderes honestos deben recuperar la política para la gente, no para las élites que imponen obediencia. Si no lo hacemos, seguiremos condenados a gobiernos domesticados, obedientes… pero incapaces de transformar con justicia.