EL DERECHO A LA CIUDAD

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Segregación y espacio público

Por Dr. Salvador García Espinosa

En el ámbito urbano se entiende por segregación la acción de apartar, separar o marginar a la persona, o a un grupo de individuos, de otra sociedad o conjunto. El caso más evidente es el del valor del suelo, a partir del cual los habitantes de una ciudad se separan en zonas determinadas y muy específicas según su nivel de ingreso económico.

De manera simple y pragmática, en cualquier ciudad se puede observar este proceso de segregación espacial de la sociedad, con base en el tipo de viviendas y sus dimensiones, las zonas residenciales o campestres, colonias de clase media alta, populares o de interés social y aquellos asentamientos irregulares o informales.

Pero esta distribución de la sociedad con base en su poder adquisitivo va más allá de la densidad, como la expresión normativa del tamaño de la vivienda, involucra de manera importante al espacio público. De forma general, la normatividad sobre las calles, banquetas y parques es la misma para toda la ciudad, sin embargo, su función, accesibilidad y calidad se consideran complementarias a la vivienda y con un estrecho vínculo con la calidad de vida de sus habitantes.

Erróneamente, las zonas de la ciudad donde se concentra la población de mayores ingresos suelen tener mejor calidad y amplitud en las vialidades, aceras más amplias, parques y áreas arboladas abundantes. Aunque en la realidad, por la dimensión de los predios que ocupa su vivienda, en la mayoría de los casos disponen de jardín y cuentan con clubes deportivos, todo esto propicia que los parques cercanos se utilicen poco o su función se reduzca meramente a un asunto estético, para que “se vea bonito”.

Por el contrario, en las zonas donde habita la población de menor poder adquisitivo, las vialidades no pavimentadas son muchas y, en consecuencia, la ausencia de aceras peatonales y la superficie de parques, aunque cumple con lo reglamentario, resultan insuficientes ante lo reducido de la vivienda, donde, obviamente se carece de jardín y, en consecuencia, el acudir al parque más cercano se convierte en la única opción distinta a la televisión,  de esparcimiento, socialización e incluso de privacidad, para lo necesario que resulta en ocasiones “estar solo y pensar”.

La forma en la que edificamos la ciudad acelera la atendencia hacia la privatización de lo público, y no me refiero a los parques, sino a los espacios de convivencia, los sitios de encuentro, las actividades de ocio y esparcimiento se concentran en cafés, gimnasios, cine, plazas comerciales y una diversidad de sitios privados, en los cuales el consumo es inevitable y por lo tanto restringido a quienes disponen de un excedente de recursos. En el otro extremo social, el tiempo libre transcurre en el transporte público y en la calle de su colonia.

Revertir esta tendencia es responsabilidad y debe ser una prioridad tanto para las autoridades municipales como para el Congreso Local. La cantidad, calidad y accesibilidad del espacio público es determinante para elevar la calidad de vida de los habitantes de una ciudad, y ésta no debe estar sujeta al poder económico de las personas.