Cuatro de octubre embrión de México y la Mar; el horizonte olvidado de nuestra grandeza

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* Consumada la independencia en tierra, México alumbró su Poder Marítimo para asegurar su destino en la mar.

Por Almirante (Ret) J. E. Garcíasilva P.

Tres años antes de que el país supiera articular en letras de molde su pacto fundacional, hubo de aprender a conjurar el peligro que venía montado sobre las olas. En aquel octubre de 1821, nuestros ancestros recién alcanzada su independencia comprendieron qué y con instinto certero, que el futuro en autonomía soberana no pasaría de ser una ilusión de tierra adentro si no se aseguraban los litorales. Antes que la pluma trazara los artículos de la Constitución Federal de 1824, se aferró el timón y se fundó la Armada nacional. La urgencia de aquel tiempo fue clara: custodiar el horizonte líquido para que la soberanía no muriera asfixiada en su propia cuna. Aquella fue una genialidad preventiva; nuestros ancestros miraron a la mar como el primer escudo frente a la acechanza foránea.

Pero el tiempo corre, la historia sedimenta sus lecciones y la ceguera continental nos ha cobrado una factura amarga. Nos acostumbramos a pensar a México desde el altiplano, entre valles, volcanes, serranías y desiertos; tratando al océano como un mero límite geográfico o una postal de recreo. Grave extravío de la mirada. La mar jamás ha sido una muralla inerte; es camino abierto, pulso del comercio y arteria vital de la civilización.

Por sus rutas no solo asoman las tormentas de la geopolítica o las amenazas que exigen vigía constante. Por la mar transita, silencioso y colosal, más del ochenta por ciento de los insumos, mercancías y bienes que alimentan a los hogares y mantienen en marcha los motores de nuestra industria. A través de ella zarpan hacia el orbe los frutos de nuestro suelo y el esfuerzo de nuestros trabajadores, en un fecundo intercambio libre que dinamiza la riqueza universal. Si los puertos callaran un solo día, el corazón del país entraría en paro cardíaco.

La paradoja mexicana es lacerante: somos un país bioceánico, abrazado por dos gigantes marinos y con una plataforma marítima que supera con creces el suelo continental que pisamos, pero seguimos pagando fletes en bodegas con banderas extrañas. Hemos custodiado celosamente la costa con el honor de nuestras armas, pero hemos dejado huérfana la vocación mercante y dormidos los astilleros que debieran forjar nuestro propio acero en la grada y mirar la pesca como fuente finita de nuestra alimentación, así como el cuidado de nuestros mares. Mirar a la mar únicamente como trinchera es condenarnos a media grandeza; la mar exige ser navegada, comerciada, explotados racionalmente sus fondos y su biota; la mar merece ser comprendida y amada en toda su dimensión económica, social y preservar su ecología.

Este 4 de octubre confluyen en el puerto de Veracruz dos memorias tutelares: el nacimiento de una fuerza naval que blindó la libertad de la República y la proclamación de la Carta Magna que le dio cuerpo de leyes e instituciones. Sin embargo, el mejor homenaje a los próceres de 1821 y 1824 no reside en la retórica de los discursos solemnes ni en el bronce estático de las estatuas, sino en la sacudida de nuestra conciencia colectiva. La soberanía jurídica plasmada en la Constitución carece de músculo si renunciamos al señorío económico sobre nuestros litorales.

Urge una evolución en la cultura marítima nacional. Despertar a los jóvenes desde las aulas para que descubran que el mapa de México no termina en la orilla de la playa, sino que allí apenas comienza la mayor parte de su patrimonio; revitalizar el cabotaje en nuestras costas; dignificar a los marinos mercantes y reactivar la industria naval y las actividades de pesca deportiva y buceo recreativo, así como modernizar el proceso de pesca comercial como palanca de empleo y soberanía tecnológica.

Es hora de volver los ojos y el espíritu a donde nació la patria libre. Defender la mar es un mandato de honor inquebrantable; pero poblarla de naves mexicanas, explotar sus bondades con inteligencia y hacerla parte de nuestra identidad cotidiana es el único camino para conquistar, de una vez por todas, el destino próspero que la geografía y la historia nos reclaman.

Nos encontramos ante una encrucijada histórica en la navegación: preparar a México para la era de los buques autónomos y el Código MASS. ¡Atención! La Organización Marítima Internacional prevé que esta normativa sea obligatoria el 1 de enero de 2032. Aún estamos a tiempo de acudir a esa cita con puertos, industria y gente de mar listos para el desafío, sumando la voluntad de quienes conducen los destinos de la Patria y el respaldo tecnológico de nuestras instituciones de investigación y universidades, y el ímpetu de una juventud ávida de conocimiento que anhela un porvenir superior al asedio de la violencia. Si faltamos a este llamado, puertos extranjeros absorberán las nuevas rutas comerciales, condenando a México a desviar sus mercancías, pagar fletes más caros y sufrir una espiral de carestía en los bienes de consumo. Honremos hoy la visión de nuestros ancestros: demos avante para transformar este reto de desarrollo del Poder Marítimo en un legado de prosperidad para nuestras futuras generaciones.