* La mar no es nuestra frontera; es el horizonte donde nace nuestro porvenir y destino.
Por Almirante (Ret) J. E. García Silva Pérez
Estimado lector: antes de iniciar su amable lectura, regálese un momento de reflexión. ¿Cuál es su pensamiento respecto a la mar? ¿Qué relación tiene con ella? ¿Qué siente al contemplarla y al estar en sus aguas? Conserve sus respuestas. Tal vez piense en vacaciones, pescado, oleaje o aquella ocasión en que una ola le recordó que los zapatos también saben nadar. Al terminar, volveremos a estas preguntas. Quizá descubramos juntos que, frente a nuestras costas, hay mucho más que un hermoso lugar y un paisaje para descansar.
México tiene una fortuna singular: dos grandes océanos lo abrazan y lo acercan al mundo. Hacia el oeste, el Pacífico nos vincula con las economías del Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), entre ellas China, Japón y Corea del Sur; hacia el este, el Golfo de México y el Caribe nos abren paso al Atlántico y, más allá, a la Unión Europea. Al norte tenemos a Estados Unidos la primera potencia económica mundial; hacia el sur, a los países del Mercosur, con sus amplios mercados y necesidades de intercambio. La mar ofrece rutas hacia todos esos destinos y abre un horizonte de posibilidades. Sin embargo, solemos contemplarla como quien admira una biblioteca sin sospechar que puede aprender a leer. Nos gusta la playa y, cuando aprieta el frío, agradecemos su sol; falta descubrir cuanto comienza después de la arena. Allí existen rutas, alimentos, conocimientos, industrias y profesiones capaces de llevar empleo, bienestar y porvenir a nuestra familia.
La mar llega a nuestra casa, aunque vivamos lejos de sus costas. Está relacionada con productos, materias primas y equipos que utilizamos diariamente. Cerca del 80 % del volumen del comercio internacional de mercancías se transporta por vía marítima, según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD). Esa proporción corresponde al intercambio mundial; permite comprender la importancia de los buques y puertos para la vida cotidiana. A veces creemos que una mercancía nació en el supermercado. Antes de llegar al anaquel, pudo haber cruzado un océano.
Cada embarcación que transportó esas mercaderías, necesitó personas preparadas: Capitanes, oficiales de cubierta, pilotos navales, marineros, ingenieros y oficiales de máquinas, motoristas, electricistas y una abundante pléyade de técnicos que mantienen su navegación. También requiere especialistas en comunicaciones, meteorología, logística y seguridad. Un buque reúne muchos oficios y responsabilidades; es una comunidad que trabaja para llegar a buen puerto. Para un joven mexicano, ese horizonte puede significar una carrera, un ingreso digno y la satisfacción de conocer el mundo mediante su propio esfuerzo.
En tierra, la actividad continúa. Los puertos necesitan operadores de grúas, trabajadores de terminales, técnicos de mantenimiento y especialistas en comercio exterior. Las dragas requieren tripulaciones y personal capacitado; las obras portuarias, ingenieros civiles, topógrafos y operadores de excavadoras y trascabos. También hacen falta administradores, contadores y profesionales del derecho marítimo. El empleo relacionado con la mar alcanza talleres, almacenes, oficinas y caminos. Sus beneficios pueden viajar tierra adentro y llegar a comunidades que nunca han escuchado una sirena de barco.
La construcción naval merece despertar nuestra imaginación. Diseñar, construir, reparar y mantener embarcaciones puede impulsar cadenas de trabajo donde participan arquitectos navales, ingenieros mecánicos, soldadores, paileros, torneros, carpinteros, pintores y especialistas en electrónica. Alrededor de un astillero pueden desarrollarse proveedores, talleres y servicios. Allí, una plancha de acero empieza a transformarse en capacidad productiva. México puede cultivar ese conocimiento con educación, inversión y continuidad. El talento necesita oportunidades para convertirse en obra; ningún barco sale adelante solamente porque alguien pronunció un discurso junto al muelle.
En sus aguas, la mar alberga una extraordinaria diversidad de vida. La pesca y la acuicultura ofrecen alimentos y ocupaciones que requieren conocimiento y cuidado. Biólogos marinos, oceanógrafos, ingenieros pesqueros, acuicultores, veterinarios y técnicos pueden contribuir al aprovechamiento responsable de sus recursos. También intervienen quienes procesan, refrigeran, transportan y comercializan los productos. Cuidar las temporadas reproductivas, los hábitats y las poblaciones permite conservar esa fuente de sustento. La prosperidad duradera exige que nuestros hijos encuentren mañana una mar sana y viva.
Los fondos marinos también despiertan interés por sus recursos y por los conocimientos que guardan. Su estudio abre campos para geólogos, geofísicos, hidrógrafos y especialistas en robótica submarina. Conocer esas riquezas exige investigación y evaluar cuidadosamente las consecuencias de cualquier aprovechamiento. El porvenir incluye, además, estudiar energías marinas y nuevas aplicaciones de organismos acuáticos. La curiosidad científica puede encontrar respuestas valiosas bajo el agua. Conviene acercarnos con inteligencia: el entusiasmo orienta la mirada; la ciencia ayuda a decidir.
El turismo costero y la pesca deportiva amplían ese panorama. Guías, instructores de buceo, patrones de embarcaciones, cocineros, hoteleros y pequeños empresarios pueden encontrar oportunidades ligadas al paisaje y a la hospitalidad mexicana. Una comunidad que conserva sus playas, manglares y arrecifes protege también los atractivos de los que depende su economía. El visitante busca experiencias memorables; el residente merece una mejor fortuna. Ambas aspiraciones pueden encontrarse cuando existen capacitación, servicios seguros y respeto por la naturaleza y por las personas.
La transformación digital suma nuevas profesiones. Especialistas en ciberseguridad, programadores, ingenieros en telecomunicaciones y técnicos en automatización pueden participar en la protección y operación de sistemas marítimos. Para aprovechar esas oportunidades debemos enseñar desde temprano cómo se relaciona la mar con nuestra vida y acercar escuelas, universidades, empresas y autoridades. Hace falta despertar vocaciones y ofrecer caminos reales de formación. Una niña que hoy descubre la biología marina puede mañana dirigir una investigación; un muchacho curioso puede construir tecnología.
CONCLUSIÓN
Ahora, estimado lector, vuelva a preguntarse: ¿qué piensa de la mar?, ¿qué relación tiene con ella?, ¿qué siente al verla y estar en sus aguas? Quizá haya añadido a la belleza una palabra: oportunidades de generar mayor riqueza. México tiene frente a sus costas oportunidades que requieren manos, inteligencia y voluntad. Podemos preparar a nuestros jóvenes para conocerlas, cuidarlas y convertirlas en prosperidad compartida. La próxima vez que mire el horizonte, imagine también a quienes encontrarán allí su vocación. La mar nos abraza. Aprendamos a corresponderle.
México tiene en la mar una oportunidad decisiva para romper el círculo de preparación insuficiente, empleos escasos y dependencia. Aprovecharla exige educar: despertar vocaciones, enseñar oficios y formar personas capaces de investigar, producir y cuidar nuestros recursos. El porvenir marítimo comienza en las aulas, con una educación que enseñe a pensar y resolver, libre de dogmatismos y abierta al conocimiento.
El pragmatismo de Deng Xiaoping invita a aprender de la experiencia, valorar resultados y corregir el rumbo. La firmeza de Lee Kuan Yew frente a la corrupción recuerda que el desarrollo requiere instituciones honestas. Hagamos nuestras esas lecciones: cada recurso destinado a educación, ciencia e infraestructura debe cumplir su propósito. Desviarlo es arrebatar oportunidades a nuestros hijos.
Unamos escuelas, universidades, empresas y autoridades en una tarea que trascienda gobiernos: convertir el talento mexicano y las posibilidades de la mar en prosperidad compartida. La mar nos abraza, pero el porvenir exige nuestra respuesta: educación para comprender, trabajo para construir y honestidad para que el esfuerzo llegue a todos. México tiene el horizonte; nos corresponde darle rumbo.







