Por MI Silvia Estrada Esquivel
Tengo 54 años. Empecé a trabajar a los 15, de manera ininterrumpida, fiel a las Instituciones Públicas. Son 39 años de cotización, sin faltar, sin pedir nada regalado. Y hoy, cuando estoy cerca de alcanzar una pensión digna por medio de la Modalidad 40, me dicen que ese beneficio se está acortando. Como en la novela de Gabriel García Márquez, todos en el pueblo sabían que Santiago Nasar iba a morir y nadie hizo nada para evitarlo. Lo mismo ocurre con el sistema de pensiones en México: todos sabemos que está condenado, los actuarios lo han advertido y los trabajadores lo sufrimos, pero el Estado lo va anunciando a cuentagotas, sin evitarlo, (García Márquez, 1981). La Ley del Seguro Social de 1973 nació bajo una lógica de justicia social laboral. El artículo 123 constitucional prometía que después de una vida de trabajo habría un retiro digno.
La Modalidad 40 fue la herramienta más noble de ese sistema: permitía al trabajador que perdía su empleo seguir cotizando por su cuenta, mejorar su salario promedio y alcanzar una pensión para vivir, no solo para sobrevivir (Ley del Seguro Social, 1973, art. 218).
En los últimos años, el Consejo Técnico del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) ha emitido acuerdos que, sin pasar por el Congreso, han limitado ese beneficio: reducción de plazos de inscripción, interpretación restrictiva de la retroactividad y mayores requisitos de comprobación. No se reformó la Ley, se le fue asfixiando por vía administrativa.
Aquí está la primera muerte anunciada: “la muerte del principio de legalidad”. Un órgano administrativo no puede modificar en perjuicio del trabajador un derecho establecido en ley, como lo protege el artículo 14 constitucional.
La segunda: “es la muerte de la progresividad”. El artículo 1º constitucional prohíbe la regresividad en derechos humanos, y acortar la Modalidad 40 es regresivo por definición.
La tercera muerte: la que más duele, es la de la “justicia social”. Quien usa la Modalidad 40, no es el empresario. ¡Soy yo!, ¡es la enfermera!, ¡la maestra!, ¡el trabajador o la trabajadora de campo!, que a los 55 años están dispuestos (as) a pagar de su propia bolsa hasta 25 Unidades de Medida y Actualización (UMA) mensuales, para no llegar a la vejez en la pobreza.
El argumento oficial es que no hay dinero, pero la Modalidad 40 no se financia con dinero público, se financia con la aportación del propio asegurado. Si el trabajador paga, ¿por qué se le recorta el derecho?
El sistema de 1997, de cuentas individuales y Afores, ya demostró su fracaso con pensiones de 3,000 a 5,000 pesos que no alcanzan para vivir. El sistema de 1973 es el único que todavía garantiza una tasa de reemplazo cercana al 100% del último salario.
Al acortarlo, el Estado no está salvando al sistema, está anunciando su muerte definitiva.
Me pongo en el zapato porque yo soy ese zapato. Me siento agredida como trabajadora, fiel de las Instituciones Públicas, porque yo sí cumplí. No pido un privilegio, pido lo que pagué durante 39 años. ¡Si dejamos que muera la Modalidad 40, no solo muere una prestación: ¡Muere la última promesa de que en México trabajar toda una vida valía la pena!
¡Pero todavía estamos a tiempo de cambiar el final de esta crónica!







