LOS CHARROS DEL APOCALIPSIS

0
365

Cuentan los viejos del desierto que, cuando México perdió el rumbo, no llegaron jinetes extranjeros ni generales invasores.

No. Vinieron otros, montados no en corceles de guerra, sino en caballos amaestrados por la costumbre, la comodidad y el desorden.

Les llamaban —con socarrona exactitud— los charros del Apocalipsis.

El primero era La Ignorancia, un jinete gordo y satisfecho, que avanzaba silbando como quien no debe nada.

Su truco favorito era convencer al pueblo de que saber estorba, que cuestionar incomoda y que el mar “es cosa de pescadores”, no de naciones.

A donde él pasaba, cerraban los libros, envejecían las escuelas y la memoria marítima se iba como agua entre los dedos.

El segundo charro era La Transgresión, chaparro pero ágil, acostumbrado a saltarse cercas, leyes y procedimientos.

Montaba a lomos de un caballo sin rienda, porque —decía él— “la libertad es no pedir permiso”.

Convirtió el Estado en un rancho sin reglas, donde cada quien trazaba sus propios caminos… casi siempre torcidos.

El tercero era La Corrupción, elegante como cacique de feria.

Vestía de charro fino, bordado en oro, pero su olor lo delataba: tenía perfume de contrato inflado, de terreno subvaluado, de marina turística convertida en negocio personal.

Donde pasaba, florecían las obras inútiles y se marchitaban los sueños colectivos.

El cuarto jinete, La Impunidad, era el más temible, aunque a primera vista parecía manso.

Su caballo era lento, pero nunca se detenía, y sus pasos borraban las huellas de los otros tres.

A su paso, nadie respondía por nada; todo quedaba en carpetazo, en “asunto concluido”, en silencio que huele a moho y oficina cerrada.

Y detrás de ellos, como la estela amarga de un barco hundido, venía La Catástrofe, que no decía palabra.

No le hacía falta.

Su sola presencia mostraba marinas abandonadas, presupuestos evaporados, oportunidades perdidas y un país contemplando el océano como si fuera ajeno.

Los viejos del desierto cuentan que estos charros cabalgan a sus anchas cuando un pueblo olvida que el mar es destino, ciencia, riqueza y poder.

Cuando la educación se afloja, la ética se vende barata y los proyectos se planean con prisa y se ejecutan con descuido.

Pero también dicen que los charros del Apocalipsis le temen a tres cosas:

  1. A la educación que ilumina.
  2. A la ley que se cumple sin excepción.
  3. A la gente que decide dejar de ser espectadora y toma el timón de su propio destino.

Porque, al final, estos jinetes no cabalgan sobre caballos…

cabalgan sobre la indiferencia.

Y cuando un país despierta, se prepara, aprende, limpia su casa y vuelve la mirada al mar, los charros del Apocalipsis no desaparecen: Se quedan sin público.