* Independencia de la Nueva España Continental; sin posesiones de ultramar
Hay historias que se cuentan con trompetas, y otras que se deslizan en silencio, como la marea cuando se retira sin que el distraído lo advierta. La independencia de México pertenece, sin duda, a las primeras: campanas, héroes, proclamas y estandartes. Pero la separación de las Capitanías Generales (ese desprendimiento silencioso del mundo marítimo novohispano) pertenece a las segundas. Y como suele ocurrir con lo que no se dice, ahí reside una de las claves más profundas de nuestra historia nacional (Elliott, 2006).
Porque mientras el nuevo Estado Mexicano, celebraba su nacimiento en tierra firme, algo vasto (y muy valioso) se escurría entre los dedos: una red geopolítica que conectaba puertos, rutas, islas y océanos. No fue un detalle menor. Era y es, ni más ni menos, la dimensión marítima de un sistema que durante tres siglos articuló comercio, defensa y cultura en dos grandes océanos. Pero el México naciente, ocupado en sus urgencias internas, no miró hacia la mar. Y la mar, que no espera a nadie, siguió su curso sin México (Kuethe & Andrien, 2014).
Conviene decirlo con claridad doctoral: no hubo un tratado, cláusula o negociación en Córdoba que dispusiera la separación de estas Capitanías. Simplemente, no estaban ahí. Y no estaban porque jurídicamente nunca fueron “propiedad” de la Nueva España como entidad transferible, sino dominios de la Corona administrados desde la Nueva España. Pero esta precisión legal (correcta en forma) no alcanza a explicar la magnitud del fenómeno. Porque los pueblos no solo se construyen con leyes; también con visiones. Y en 1821, la visión marítima brilló por su ausencia (Anna, 2006).
Así, mientras México nacía, Cuba y Puerto Rico permanecían bajo el pabellón español; Santo Domingo transitaba su propia turbulencia; Guatemala oscilaba entre independencia y anexión; y Yucatán miraba al Caribe con más familiaridad que al altiplano. No hubo ruptura administrativa porque no había una administración nacional previa sobre ellas. Pero sí hubo algo más sutil: una desvinculación mental. México dejó de pensarse como parte de un sistema marítimo amplio y comenzó a concebirse como una nación encerrada en su geografía continental (Rodríguez O., 2005).
Aquí es donde la historia se torna un poco irónica. Durante siglos, la Nueva España había sido una potencia marítima funcional, conectando Asia con América y Europa a través del Galeón de Manila y el sistema de flotas. Y, sin embargo, al convertirse en nación independiente, México no heredó esa vocación. Es como si un heredero recibiera la casa, pero olvidara las llaves del mar. O peor aún: como si nunca supiera que existían (Ortiz & De la Peña, 2021).
Las causas, desde luego, no son triviales. El nuevo Estado carecía de armada, de hacienda sólida y de estabilidad política. Bastante tenía con sobrevivir a sus propias y variadas tormentas internas del caudillismo. Pero incluso concediendo esas limitaciones materiales, subsiste una pregunta incómoda: ¿por qué tampoco hubo un proyecto, una intención, un atisbo de continuidad marítima? Porque las naciones no solo actúan con lo que tienen; también con lo que imaginan. Y México, en ese momento fundacional, nunca pasó por su imaginación, la mar.
Se dirá (y con razón) que las élites criollas estaban formadas en una lógica territorial, agrícola y minera. Que el altiplano dominaba la vida económica y política. Que la mar era lejana, ajena, incluso peligrosa. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que ahí germina la idea que con precisión quirúrgica se puede definir como: una amnesia marítima nacional. No un olvido casual, sino estructural. No un descuido, sino una forma de ver (o de no ver) la mar y sus inmensas promesas de un mejor futuro.
Y como todo olvido persistente, tuvo consecuencias. México, a lo largo de los siglos XIX y XX, desarrolló una relación marginal con la mar. Sus puertos crecieron, sí, pero sin convertirse en ejes de poder global. Su marina mercante fue modesta. Su industria naval, limitada. Su cultura marítima, incipiente. Mientras otras naciones hacían de la mar su destino, México la contemplaba (cuando mucho) como horizonte turístico o frontera lejana (UNCTAD, 2024).
Lo más curioso es que todo esto rara vez se enseña en las escuelas. Se habla de la pérdida de Texas, de la guerra con Estados Unidos, de las intervenciones extranjeras. Pero no se habla de la última pérdida territorial (la Isla de la Pasión) tan reciente como la fecha del 28 de enero de 1931 (más silenciosa pero igualmente profunda) de un espacio marítimo ampliado. No se enseña que México alguna vez estuvo inserto en una red oceánica global. Y que, al independizarse, al ganar soberanía: redujo su horizonte marítimo y su futuro.
No se trata, desde luego, de nostalgia imperial ni de añorar lo que nunca fue propiamente “nacional”. Se trata de entender. Porque solo entendiendo ese punto de inflexión (ese momento en que México dejó de mirar al mar) podemos explicar muchas de nuestras limitaciones actuales. Y, más importante aún, podemos empezar a corregirlas. Porque la mar, compatriotas, sigue ahí. Paciente. Inmensa. Esperando.
De ahí la potencia del pensamiento que ha de rondar en la mente de los mexicanos: “El Ignoto Poder Marítimo de México; Promesa de Rumbo y Destino. Amnesia Marítima del mexicano”. Porque no propone volver al pasado, sino recuperar una conciencia. Educación marítima aplicada, educación ética, despertar cultural: no son consignas, son instrumentos de navegación. Son, si se me permite la metáfora, el cronometro, sextante y el compás magnético que México extravió en 1821 y que hoy necesita para reencontrar su rumbo y su destino. Sin ellos, seguiremos navegando a ciegas, creyendo que avanzamos cuando en realidad derivamos.
En suma, la separación de las Capitanías Generales no fue un acto dramático, sino un desvanecimiento. No hubo cañonazos ni tratados solemnes; hubo silencio. Y en ese silencio se gestó una de las grandes paradojas nacionales: un país con dos litorales, pero sin vocación marítima; con mares vastos, pero con mirada terrestre; con historia oceánica, pero con memoria corta. Porque, al final, la historia no castiga: simplemente cobra. Y México lleva dos siglos pagando los intereses de haber olvidado la mar.
México no debe temer a la mar, sino aprender a conocerla y amarla. Anticiparla como la ingrata amante que ella es… y navegarla con rumbo firme. Porque con una Educación Marítima Aplicada se trazará correctamente el rumbo en la carta de navegación y la ética guiara la mano del timonel sobre el gobernalle; así, el Poder Marítimo dejará de ser sólo un anhelo y se convertirá en derrota segura hacia el buen puerto de destino: El Desarrollo Marítimo Nacional y prosperidad de la Nación.
REFERENCIAS
Anna, T. E. (2006). The fall of the royal government in Mexico City. University of Nebraska Press.
Elliott, J. H. (2006). Empires of the Atlantic world: Britain and Spain in America 1492–1830. Yale University Press.
Kuethe, A. J., & Andrien, K. J. (2014). The Spanish Atlantic world in the eighteenth century: War and the Bourbon reforms, 1713–1796. Cambridge University Press.
Ortiz, M., & De la Peña, G. (2021). Cultura marítima y desarrollo nacional en México: una relación pendiente. Revista de Estudios Marítimos, 12(2), 45–67.
Rodríguez O., J. E. (2005). La independencia de la América española. Fondo de Cultura Económica.
UNCTAD. (2024). Review of maritime transport 2024. United Nations.





