Ocaso y crepúsculo vespertino del poder marítimo mexicano

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La historia tiene momentos que parecen victoria… pero que la mar registra como advertencia. El 12 de abril de 1813, José María Morelos tomó Acapulco. No fue plaza menor. Era el puerto mayor del Pacífico novohispano, bisagra entre Asia, América y Europa; por él fluían sedas, especias y plata, y con ellas, los impuestos que sostenían al virreinato. Quien dominaba Acapulco, dominaba el pulso financiero de la Nueva España.

Se dice (y la historia seria obliga a la cautela) que Morelos elevó una súplica antes del asalto: “Señor, si esto es para bien de la patria, tómalo; si no, devuélvelo”.  No hay prueba documental; sí, en cambio, coherencia moral con su carácter. Lo cierto es que, tras el sitio, el Fuerte de San Diego capituló y el puerto quedó en manos insurgentes. Pero la mar, que no entiende de proclamas, registró el hecho con otra lógica: lo que en tierra fue triunfo, en la mar fue interrupción. El eje Acapulco–Manila, que durante dos siglos articuló la primera globalización, comenzó a desvanecerse.

La insurgencia ganó el puerto, pero no construyó un sistema que lo sostuviera. Y aquí conviene recordar a Mahan: el Poder Marítimo no es la posesión momentánea de un punto, sino la integración de flota, comercio, infraestructura y voluntad nacional. Sin esa arquitectura, el dominio del mar es efímero. Así ocurrió: se perdió la ruta, pero también el conocimiento náutico, la financiación, la industria y la cultura que la hacían posible.

En lo estructural, la caída de Acapulco aceleró una transición silenciosa: de un orden marítimo imperial (imperfecto pero funcional) a un vacío marítimo nacional. La guerra se libró en tierra; la mar quedó sin proyecto. Dejó de ser espacio de articulación para convertirse en frontera lejana. Y donde no hay presencia, no hay interés; donde no hay interés, no hay política; y donde no hay política, el Poder Marítimo se disuelve antes de nacer.

Consumada la independencia en 1821, el nuevo Estado heredó una paradoja: soberanía sin sistema. Las estructuras que habían sostenido la proyección oceánica (capitanías generales, flota, redes comerciales) se disolvieron o quedaron fuera del país. México nació sin marina suficiente, sin comercio propio articulado y sin instituciones capaces de sustituir de inmediato al entramado imperial. Se creó la Secretaría de Guerra y Marina, sí; pero era un andamiaje incipiente frente a un océano que no concede prórrogas.

Mientras tanto, España resistía en San Juan de Ulúa, abastecida desde Cuba. La independencia en tierra no era aún independencia en la mar. Fue necesario un bloqueo prolongado para rendir ese último bastión en 1825. La historia repitió su ironía: Tenochtitlán cayó por asedio naval; Ulúa también. Entre ambos extremos, México administró un sistema marítimo de alcance global. Pero al nacer como nación, decidió (sin advertirlo) vivir de espaldas a la mar.

El impacto económico fue inmediato. El monopolio del Galeón de Manila desapareció. Las importaciones asiáticas, que antes rondaban los 750–800 mil pesos anuales, cayeron a poco más de 300 mil en las décadas posteriores. México dejó de ser centro redistribuidor y se convirtió en mercado periférico. Las aduanas del Pacífico se vaciaron; los ingresos fiscales se desplomaron. Y, como evidencia un reporte consular británico de 1837, el comercio comenzó a ser dominado por manufacturas inglesas. Donde antes operaba un sistema propio, emergió un espacio ocupado por intereses extranjeros.

En lo naval, la situación no era mejor. México adquirió sus primeras goletas (Iguala y Anáhuac) en 1822. Eran inicio, no solución. Carecía de infraestructura, de personal suficiente y de tradición institucional consolidada. La guerra contra Estados Unidos, décadas después, evidenciaría esa debilidad: puertos bloqueados, litoral vulnerable, soberanía condicionada. El Poder Marítimo mexicano nació limitado en medios y en visión.

Pero la pérdida más profunda no fue económica, ni militar: fue una terrible pérdida cultural. Al romperse el vínculo cotidiano con la mar, se inició un desacoplamiento psicológico. El puerto dejó de ser puerta al mundo para convertirse en periferia. Las gestas marítimas no arraigaron en la memoria colectiva; la narrativa nacional privilegió la tierra firme. Los héroes miraban al interior; la mar quedó fuera del relato.

Así se gestó, no una ruptura abrupta, sino una lenta sedimentación del olvido. La mar dejó de ser destino para convertirse en geografía. Y una nación que no se reconoce en su litoral difícilmente construye poder sobre él.

En rigor, el debilitamiento marítimo no fue un acto único ni un error aislado. Fue un proceso multicausal: guerra, desarticulación institucional, apertura desigual al comercio internacional y ausencia de visión oceánica. México pasó de ser nodo de un sistema global a un simple actor periférico en él. No perdió la mar en un día; la fue dejando ir, tramo a tramo, decisión a decisión, silencio a silencio.

He ahí la lección: los países no olvidan la mar por decreto, sino por desuso. Y cuando la olvidan, otros la ocupan.  La mar no se pierde en la batalla…; se pierde cuando se abandona su derrota, cuando no se navega, cuando se olvida su aliento salino; ese que guarda riquezas y concede prosperidad únicamente a los pueblos que la reconocen, la trabajan… y la aman.