LA COLUMNA DE HOY

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La libertad de expresión silenciada en México; 7 de Junio: No hay nada que celebrar

Por Adolfo Romero

Por años, desde 1951 (instaurada por el entonces presidente de la República Miguel Alemán Valdés) el 7 de junio ha sido marcado en el calendario como el Día de la Libertad de Expresión en México. Sin embargo, para quienes ejercen verdaderamente el periodismo, para los comunicadores honestos, los defensores de derechos humanos y los luchadores sociales que arriesgan su integridad por informar, esta fecha está lejos de ser motivo de celebración.

Más bien, es un día para recordar a nuestros muertos.

Es un día para guardar silencio por quienes fueron asesinados, desaparecidos o perseguidos por cumplir con la responsabilidad de informar a la sociedad. Es un día para reflexionar sobre la dura realidad de un país donde la libertad de expresión existe en la Constitución, pero que está ausente en la práctica.

México se ha convertido en uno de los países más peligrosos del mundo para ejercer el periodismo. Aunque el derecho a expresarse libremente está protegido por los artículos 6 y 7 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos y por el artículo 19 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, la realidad cotidiana demuestra que entre la ley y los hechos existe un abismo.

La violencia y la impunidad continúan siendo los principales enemigos de la libertad de expresión. El crimen organizado, junto con estructuras de poder enquistadas en distintos niveles de gobierno, representan una amenaza permanente para periodistas y defensores de derechos humanos. Quien investiga, denuncia o cuestiona intereses políticos o económicos frecuentemente se convierte en objetivo.

A ello se suman nuevas formas de censura. La descalificación pública desde las más altas tribunas del poder, las demandas por daño moral, las presiones institucionales y el acoso sistemático en redes sociales forman parte de una estrategia que busca desacreditar y silenciar las voces críticas.

La polarización que vive el país tampoco es casual. Una sociedad dividida es más fácil de controlar. Mientras unos son premiados por aplaudir al poder, otros son señalados por cuestionarlo. Mientras las voces oficialistas reciben reconocimiento, quienes mantienen una postura crítica enfrentan ataques, campañas de desprestigio y aislamiento.

Los verdaderos periodistas no estamos para servir a los gobiernos. Estamos para servir a la sociedad.

Nos debemos a la gente que deposita su confianza en nuestro trabajo. Somos, muchas veces, la voz de quienes no tienen acceso a los espacios donde se toman las decisiones. Somos el vínculo entre los ciudadanos y la verdad. Por eso resulta tan preocupante que cada día sea más difícil ejercer con dignidad y seguridad una profesión indispensable para cualquier democracia.

De acuerdo con Reporteros Sin Fronteras, desde el año 2000 más de 150 periodistas han sido asesinados y decenas más han desaparecido en México. Detrás de cada cifra hay una historia truncada, una familia destruida y una sociedad privada de una voz que buscaba informar.

Lo más grave es que la mayoría de estos casos permanece en la impunidad.

Las carpetas de investigación se acumulan en escritorios y archivos. Las promesas de justicia se repiten sexenio tras sexenio. Los responsables rara vez son castigados. Mientras tanto, la corrupción sigue avanzando y la relación entre intereses criminales y estructuras gubernamentales continúa siendo una de las heridas más profundas del país.

Por eso hoy, en esta fecha que oficialmente conmemora la libertad de expresión, más que celebrar deberíamos alzar la voz.

Decirle al gobierno, sin importar su partido o ideología:

Déjennos trabajar en paz.

Déjennos informar.

Déjennos cuestionar.

Déjennos expresar nuestras opiniones sin persecución ni represalias.

Acepten la crítica como parte de la democracia y no como una amenaza. Gobiernen para todos y no para unos cuantos. Dejen de dividir a los mexicanos. Dejen de utilizar el poder para perpetuar intereses políticos o personales. Permitan que sea la ciudadanía quien decida libremente su destino sin manipulación ni propaganda.

La libertad de expresión no es una concesión de los gobiernos. Es un derecho fundamental de los ciudadanos.

Y cuando un periodista es silenciado, no pierde solamente una voz. Pierde toda la sociedad.

Por ello, este 7 de junio no levanto una copa para celebrar. Levanto la voz para recordar.

Y guardo un minuto de silencio por los compañeros caídos y desaparecidos que entregaron su vida en el cumplimiento de su deber.

Porque mientras haya periodistas asesinados, desaparecidos o perseguidos por informar, en México la libertad de expresión seguirá siendo una deuda pendiente, y la voz del pueblo silenciada.

Hasta la próxima.