Contra la rompiente: La lección de las tortugas para el temple marítimo de México

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* Observa a la tortuga; sólo avanza cuando saca la cabeza.

(James Bryant Conant)

(1893-1978)

Autor: Almirante (Ret). J. E. GarciaSilva Pérez

Hay una lección que México podría aprender de una criatura que cabe en la palma de la mano. La pequeña tortuga marina rompe el cascarón bajo la arena sin haber visto jamás el océano. Nadie le enseña el camino. No conoce cartas náuticas, no ha leído a Mahan ni a Corbett, ni necesita un decreto que le explique dónde está su destino. Sale del nido, busca el horizonte y comienza a caminar hacia la mar. La ciencia ha demostrado que las crías emplean señales visuales, el oleaje y posteriormente información geomagnética para orientarse durante aquella extraordinaria transición entre la tierra y el océano (Lohmann et al., 2008). Es pequeña, vulnerable y lenta; pero posee algo que, a nosotros, nación de dos océanos, nos ha faltado muchas veces: sentido de rumbo.

México nació entre mares. Al oriente tiene el Golfo de México y el Caribe conectado todo tiempo con el océano “Atlántico”; al poniente, el inmenso océano “Pacífico”. Su envidiable posición geográfica le permite participar simultáneamente en las grandes corrientes comerciales del Atlántico y del Pacífico, circunstancia que constituye una ventaja estratégica cuando se acompaña de infraestructura, conectividad, industria y capacidad humana. Desde hace más de un siglo, el pensamiento marítimo advierte que la posición geográfica, los puertos, el comercio y la capacidad de una sociedad para aprovechar la mar forman parte de la construcción del poder nacional (Mahan, 1890). Sin embargo, buena parte de los mexicanos crece mirando hacia tierra adentro, como si la patria terminara donde comienza la playa.

Y ahí aparece nuestra paradoja. La tortuga nace en tierra y busca inmediatamente la mar. El mexicano nace entre dos mares y, con frecuencia, pasa toda la vida sin descubrirlos. No hablo solamente de bañarse en Acapulco, Cancún, Mazatlán o Veracruz. Eso es conocer la playa, que es cosa distinta. Hablo de comprender la mar como espacio económico, científico, tecnológico, estratégico y humano. La llamada economía oceánica comprende actividades tan diversas como transporte marítimo, pesca, construcción naval, turismo, energía, biotecnología y nuevas industrias asociadas al conocimiento de los océanos (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, 2016).

Un puerto, por ejemplo, no es únicamente un lugar donde atracan barcos. Es un punto de encuentro entre la producción nacional y los mercados internacionales, y su eficiencia repercute en cadenas logísticas que pueden extenderse cientos o miles de kilómetros tierra adentro. Más del 80 % del volumen del comercio mundial de mercancías se transporta por vía marítima, lo que ayuda a comprender hasta qué punto los puertos y las rutas oceánicas sostienen la economía contemporánea (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, 2023). La mar puede parecer distante desde una ciudad del interior; el comercio marítimo, en cambio, llega diariamente hasta su mesa, su automóvil, su teléfono y su trabajo.

Un astillero tampoco se limita a construir buques. A su alrededor viven y se multiplican oficios y profesiones: soldadores, paileros, carpinteros, mecánicos, electricistas, técnicos, ingenieros, diseñadores, especialistas en electrónica, automatización, programación y ciberseguridad. La industria marítima moderna genera encadenamientos productivos que alcanzan sectores aparentemente alejados del muelle, desde las telecomunicaciones hasta la manufactura avanzada, razón por la cual el desarrollo de la economía oceánica depende cada vez más del conocimiento científico y tecnológico (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, 2016). Un astillero construye barcos, ciertamente; pero bien aprovechado construye también capacidades nacionales.

Un buque mercante, por su parte, es casi una pequeña ciudad navegante. Necesita energía, mantenimiento, comunicaciones, navegación, abastecimiento, administración, seguridad y profesionales capaces de mantenerla viva durante semanas o meses. Y mientras los barcos se hacen más automatizados, la profesión marítima no desaparece: cambia, se adapta a las nuevas tecnologías. La evolución hacia los buques marítimos autónomos de superficie ha obligado a la Organización Marítima Internacional (OMI) a examinar cómo deberán adaptarse las normas internacionales de seguridad, responsabilidad, operación y supervisión humana ante tecnologías capaces de asumir progresivamente funciones tradicionalmente ejecutadas a bordo (Organización Marítima Internacional, 2021).

Ahí podría encontrarse una gran lección para nuestra juventud. México tiene muchachos que necesitan oportunidades y una mar que necesita manos, inteligencia y preparación. Entre ambos existe todavía una distancia demasiado grande. La pesca responsable, la marina mercante, la construcción y reparación naval, los puertos, la logística, la oceanografía, la biotecnología marina, la energía costa afuera, la robótica submarina, las telecomunicaciones, el turismo náutico y los futuros sistemas marítimos autónomos pueden ofrecer actividades profesionales que muchos jóvenes mexicanos ni siquiera saben que existen. El concepto contemporáneo de economía azul parte precisamente de aprovechar productivamente los recursos oceánicos procurando, al mismo tiempo, conservar los ecosistemas de los cuales depende esa riqueza (World Bank & United Nations Department of Economic and Social Affairs, 2017).

Conviene, sin embargo, no convertir esta esperanza en una fórmula demasiado sencilla. Sería imprudente afirmar que la creación de empleos marítimos bastaría, por sí sola, para contener la violencia que hoy lastima al país, pues sus raíces familiares, sociales, educativas, económicas e institucionales son mucho más profundas. Pero una sociedad que ofrece educación, especialización profesional, movilidad social y un porvenir digno amplía las alternativas legítimas de sus jóvenes y les permite imaginar una vida distinta. La cuestión marítima adquiere así una dimensión pocas veces advertida en los discursos sobre puertos y barcos: también es una fuente de esperanza, pertenencia y horizonte. Por ello, su desarrollo no puede depender de una administración sexenal ni agotarse en un programa de gobierno; debe convertirse en una política de Estado, perseverante y de largo aliento, inspirada en la visión estratégica de Deng Xiaoping, Lee Kuan Yew y Park Chung-hee, pero construida con instituciones democráticas y adaptada a la historia, la cultura y las libertades de México.

Quizá ahí deba comenzar una auténtica política marítima mexicana: no solamente comprando barcos, ampliando puertos o instalando nuevos equipos, sino llevando la mar hasta las aulas. La educación oceánica busca precisamente que las sociedades comprendan la influencia que el océano ejerce sobre ellas y, a la vez, la influencia que las actividades humanas ejercen sobre la mar; semejante conocimiento resulta indispensable para tomar mejores decisiones individuales y colectivas (Santoro et al., 2017). No podemos esperar que una sociedad valore aquello que apenas conoce.

Que un muchacho de Chihuahua, Durango, Puebla, Morelos o Zacatecas pueda imaginarse como marino mercante, ingeniero naval, oceanógrafo, técnico portuario, especialista en ciberseguridad marítima o investigador de vehículos autónomos. Que una niña del centro del país descubra que puede estudiar biología marina, ingeniería oceánica o logística portuaria aunque jamás haya vivido junto a la costa. La cultura marítima no debería pertenecer exclusivamente a quienes nacieron escuchando las olas. La mar también debe existir en la imaginación de quienes viven a mil kilómetros de ella.

Los países que han desarrollado capacidades marítimas entendieron hace mucho que la riqueza de la mar no camina sola hasta la costa. Hay que salir a buscarla con educación, ciencia, infraestructura, industria, empresas, instituciones y perseverancia. Corbett advertía que el dominio marítimo tiene sentido en la medida en que permite utilizar las comunicaciones y relacionar la acción en la mar con los intereses generales del Estado (Corbett, 1911). En el siglo XXI esa misma lógica incluye puertos inteligentes, cadenas logísticas, protección ambiental, investigación oceanográfica, comunicaciones digitales, sistemas autónomos y ciberseguridad.

Pero aprovechar la mar exige también cuidarla. Desarrollo marítimo no puede significar saqueo. Pesca, turismo, transporte, energía e infraestructura deben convivir con la conservación de ecosistemas cuyo deterioro terminaría destruyendo precisamente la riqueza que pretendemos aprovechar. La economía azul solamente puede sostenerse cuando crecimiento económico, bienestar social y salud oceánica avanzan juntos (World Bank & United Nations Department of Economic and Social Affairs, 2017). La mar es generosa, pero no inagotable.

Por eso aquella carrera nocturna de las pequeñas tortugas posee algo profundamente conmovedor. Muchas encontrarán obstáculos. Algunas serán confundidas por las luces artificiales de hoteles, calles y construcciones costeras, fenómeno cuyo efecto desorientador sobre las crías ha sido documentado durante décadas (Witherington & Bjorndal, 1991). Otras encontrarán depredadores antes de alcanzar el agua. Y aun así aquellas criaturas diminutas continúan avanzando porque millones de años de evolución las impulsan hacia el horizonte donde comienza su oportunidad de sobrevivir.

México quizá necesite recuperar un instinto semejante. No para abandonar la tierra, sino para completar la patria. Que nuestros niños aprendan que después de la playa comienza México también. Que nuestros jóvenes sepan que más allá del rompeolas existen empleos, conocimiento, ciencia, tecnología y aventura. Que nuestros empresarios descubran industrias todavía insuficientemente desarrolladas. Y que nuestros gobernantes comprendan que invertir inteligentemente en educación marítima, investigación, infraestructura, construcción naval, marina mercante y formación profesional puede transformarse mañana en capacidad tecnológica, bienestar, presencia internacional y soberanía.

La pequeña tortuga no sabe qué encontrará cuando llegue al agua. Sólo sabe que debe llegar. Nosotros tenemos una ventaja inmensa sobre ella: sabemos qué existe del otro lado del horizonte. Hay comercio. Hay alimento. Hay energía. Hay conocimiento. Hay empleos. Hay ciencia. Hay soberanía. Hay porvenir.

Sólo hace falta que una nación bioceánica vuelva a hacer aquello que las pequeñas tortugas hacen desde tiempos inmemoriales: levantar la mirada, reconocer el horizonte y caminar hacia la mar.

Porque la verdadera tragedia marítima de México no consiste en carecer de océanos. Los tiene inmensos, generosos y abiertos todo tiempo hacia el mundo. La tragedia es poseer una nación cuya superficie es, en gran medida, marítima (alrededor del 65 % si se considera el espacio marino bajo jurisdicción nacional) y, aun así, continuar educando generaciones enteras sin enseñarles que buena parte de su país, de su trabajo, de su soberanía y de su futuro se encuentra en la mar.

Quizá haya llegado el momento de aprender de aquellas pequeñas navegantes. Ellas nacen en tierra, pero saben hacia dónde caminar. México posee la mar. Nos falta enseñar a nuestros hijos a descubrirla.

CONCLUSIÓN:

La lección de las pequeñas tortugas es sencilla, pero incómoda: ningún destino se alcanza permaneciendo a salvo bajo la arena. James Bryant lo resumió con admirable claridad: “La tortuga solo avanza cuando saca la cabeza”. México también tendrá que hacerlo. Tendrá que mirar de frente a la mar, reconocerla como parte esencial de su territorio, educar a sus generaciones para comprenderla y atreverse a caminar hacia ella.

Porque la mar no vendrá a buscarnos. Somos nosotros quienes debemos romper el cascarón de nuestra indiferencia, sacar la cabeza y avanzar. Tal vez entonces descubramos que el horizonte que durante siglos contemplamos como frontera era, en realidad, nuestro destino: la mar.

Referencias

Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. (2023). Review of maritime transport 2023. United Nations.

Corbett, J. S. (1911). Some principles of maritime strategy. Longmans, Green and Co.

Lohmann, K. J., Putman, N. F., & Lohmann, C. M. F. (2008). Geomagnetic imprinting: A unifying hypothesis of long-distance natal homing in salmon and sea turtles. Proceedings of the National Academy of Sciences, 105(49), 19096–19101. https://doi.org/10.1073/pnas.0801859105.

Mahan, A. T. (1890). The influence of sea power upon history, 1660–1783. Little, Brown and Company.

Organización Marítima Internacional. (2021). Outcome of the regulatory scoping exercise for the use of maritime autonomous surface ships (MASS) (MSC.1/Circ.1638).

Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos. (2016). The ocean economy in 2030. OECD Publishing. https://doi.org/10.1787/9789264251724-en Santoro, F., Santin, S., Scowcroft, G., Fauville, G., & Tuddenham, P. (2017). Ocean literacy for all: A toolkit. UNESCO.

Witherington, B. E., & Bjorndal, K. A. (1991). Influences of artificial lighting on the seaward orientation of hatchling loggerhead turtles (Caretta caretta). Biological Conservation, 55(2), 139–149.

World Bank & United Nations Department of Economic and Social Affairs. (2017). The potential of the blue economy: Increasing long-term benefits of the sustainable use of marine resources for small island developing states and coastal least developed countries. World Bank.