El Batallón de San Blas: La deuda que México no ha saldado

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“Cuando se muere en brazos de la patria agradecida, la muerte acaba, la prisión se rompe; empieza, al fin, con el morir, la vida”.

(José Martí) A mis hermanos muertos el 27 de noviembre de 1871 (1872/2007).

Alm. (ret.) J. E. García Silva Pérez

Hay sacrificios que engrandecen a una nación y olvidos que la empequeñecen.

México recuerda cada 13 de septiembre la defensa de Chapultepec. Pronuncia seis nombres, deposita ofrendas y escucha el eco marcial de las salvas. Es un homenaje justo a los cadetes del Colegio Militar, cuyas edades fluctuaban aproximadamente entre los 12 y los 20 años y promediaban escasos 16.8 años de vida. Sin embargo, a pocos pasos de aquel altar cívico permanece una deuda apenas mencionada en los libros de historia: la contraída con los soldados del Batallón Activo Guardacostas de San Blas.

Aquellos hombres no contemplaron la batalla desde la seguridad de la distancia ni permanecieron resguardados en las alturas. Llegaron hasta las faldas del cerro y allí, entre los ahuehuetes y los caminos que conducían al Castillo, pelearon con bravura y temple frente a un destino adverso. Con el fuego de sus antiguos fusiles le compraron a la patria minutos preciosos de resistencia y decoro.

El Batallón había sido creado el 20 de agosto de 1823 en el puerto de San Blas, en el territorio del actual Nayarit. Su nombre revelaba su primera misión: vigilar el litoral y defender una puerta marítima fundamental del occidente mexicano. No fue, sin embargo, una unidad confinada a la costa. Durante la guerra contra Estados Unidos, sus hombres participaron en las campañas de Monterrey, La Angostura y Cerro Gordo. Combatieron así desde el norte hasta el oriente del país, como si México les hubiera encomendado cubrir con sus pasos las enormes distancias que sus instituciones no podían proteger (Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión, 1989).

En 1846 la unidad había sido convertida en el Tercer Regimiento de Infantería; pero el nombre de San Blas volvió a otorgársele el 1 de julio de 1847, a petición de los integrantes del cuerpo reorganizado en Guadalajara. Felipe Santiago Xicoténcatl, todavía convaleciente de las heridas sufridas en La Angostura, recibió la responsabilidad de conducirlo. Desde Guadalajara emprendieron una marcha urgente hacia la Ciudad de México y arribaron durante julio con aproximadamente cuatrocientos soldados. No venían a desfilar: llegaban a defender una capital amenazada por un ejército invasor mejor armado, abastecido y conducido (Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión, 1989).

Conviene hacer aquí una precisión histórica. La imagen de una marcha continua de 750 u 800 kilómetros iniciada directamente en el puerto de San Blas resulta poderosa, pero no está suficientemente acreditada por la documentación consultada. Lo comprobable es la reorganización de la unidad en Guadalajara y su apresurado desplazamiento hacia la capital. Aquellos hombres recorrieron los antiguos caminos del Bajío a pie y con los medios ordinarios de una infantería pobre: jornadas prolongadas, escaso descanso, bagajes transportados mediante carretas y recuas, alimentación incierta y un calzado que la piedra de los caminos convertía pronto en jirones.

Esta precisión no disminuye la hazaña; la ennoblece. No hace falta que la leyenda aumente la distancia cuando la verdad ya es suficientemente grande. Los soldados de San Blas llegaron después de haber conocido derrotas, heridas, hambre y desorganización. No eran personajes de bronce que ignoraran el miedo, sino mexicanos de carne mortal que sabían lo que podía hacer la artillería enemiga. Marcharon a Chapultepec con pleno conocimiento de que la defensa se encontraba quebrantada. El valor no consiste en desconocer el peligro, sino en reconocerlo y ocupar, pese a todo, el lugar que dicta el deber.

El choque en Chapultepec: fuerzas, bajas y disparidad táctica

Al amanecer del 13 de septiembre de 1847, después del prolongado bombardeo iniciado el día anterior, el ejército invasor estadounidense, al mando del general Winfield Scott, lanzó el asalto general contra Chapultepec. Las columnas destinadas a tomar el cerro reunían, según las estimaciones historiográficas, entre 2,000 y 2,500 efectivos de infantería regular, voluntarios y marines, apoyados por varios miles de soldados que participaban en las operaciones envolventes sobre la capital (Bauer, 1974; Foos, 2002).

En la base del cerro, entre el bosque y los accesos que conducían al Castillo, el Batallón Activo Guardacostas de San Blas constituyó una de las principales líneas defensivas organizadas. Bajo el mando del teniente coronel Felipe Santiago Xicoténcatl, aquella unidad, integrada por unos 400 o 450 hombres, recibió la misión de contener el avance de las columnas estadounidenses que atacaban por ese sector, particularmente las pertenecientes a las divisiones de Gideon Pillow y John Quitman (Alcaraz et al., 1848; Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión, 1989; Roa Bárcena, 1902).

La asimetría militar era abrumadora. En el punto principal del asalto, los defensores mexicanos enfrentaron una desventaja numérica que puede estimarse, cuando menos, en cinco invasores por cada uno de sus hombres. A esa superioridad se agregaba una profunda diferencia material: mientras las columnas estadounidenses avanzaban respaldadas por armamento moderno, abastecimiento suficiente y fuego artillero, el Batallón de San Blas debía resistir con armas antiguas, escasos recursos y posiciones expuestas.

Los soldados mexicanos portaban principalmente fusiles de chispa, entre ellos antiguos modelos británicos tipo Brown Bess, calibre .75, del año de 1722; de ánima lisa, lento proceso de recarga (apenas dos o tres disparos por minuto en manos entrenadas) y un alcance efectivo reducido de tan sólo 80 metros. Su funcionamiento podía agravarse por la humedad y por la calidad irregular de la pólvora mexicana, cuyos residuos ensuciaban los cañones y disminuían todavía más su eficacia durante un combate prolongado (Bauer, 1974; Foos, 2002).

En contraste, una parte considerable de las tropas invasoras disponía de fusiles modernos con llave de percusión, entre ellos el Springfield Modelo 1842 con alcance efectivo de 100 yardas y semejante cadencia de fuego, mientras algunas unidades especializadas empleaban rifles de ánima rayada Modelo 1841 Mississippi con un alcance efectivo de 200 a 300 yardas. El fulminante químico ofrecía mayor confiabilidad frente a la humedad que la antigua llave de chispa; los rifles rayados, aunque no eran de uso general, proporcionaban mayor alcance y precisión. A ello se sumaba el apoyo de la artillería y de los obuses de montaña, cuyo fuego castigó las posiciones mexicanas y facilitó el avance de las columnas de asalto (Bauer, 1974; Foos, 2002).

A pesar de aquella superioridad numérica, técnica y artillera, el Batallón de San Blas sostuvo la posición bajo fuego cruzado y, agotadas sus posibilidades de contener al enemigo a distancia, trabó combate cuerpo a cuerpo y a bayoneta calada. Sus hombres lucharon en el bosque, al pie del cerro y junto a los caminos que ascendían hacia el Castillo, expuestos al fuego de fuerzas muy superiores que avanzaban después de un intenso castigo artillero (Alcaraz et al., 1848; Roa Bárcena, 1902).

El saldo fue devastador, aunque las fuentes no ofrecen una cifra única. Algunas reconstrucciones sostienen que más de 300 soldados murieron en las faldas del cerro, que decenas quedaron heridos y que apenas una treintena sobrevivió para ser tomada prisionera; otras noticias históricas afirman que sucumbieron casi todos y que se salvaron menos de diez hombres. Más allá de esa diferencia documental, el hecho esencial permanece: aproximadamente el 80 % de la unidad habría quedado fuera de combate y el Batallón fue prácticamente destruido como fuerza organizada (Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión, 1989; Roa Bárcena, 1902).

Conviene precisarlo: aquellos hombres no murieron protegidos dentro de una fortaleza. Combatieron principalmente a campo abierto, entre el bosque y las pendientes del cerro, tratando de cerrar los accesos a Chapultepec. Su resistencia difícilmente podía modificar el desenlace militar frente a semejante desigualdad, pero sí podía impedir que la derrota se convirtiera en deshonra. Y eso hicieron: permanecieron en sus puestos hasta que la unidad dejó materialmente de existir. Chapultepec cayó; el Batallón de San Blas, en cambio, jamás se rindió moralmente. Rememorando tal vez la escena de “Los 300 Espartanos en el Paso de las Termópilas”: Ambas reducidas fuerzas ofrendaron sus vidas en resistencia desigual, priorizando la defensa heroica de su patria.

En medio de aquel desastre emergió la figura del teniente coronel Felipe Santiago Xicoténcatl. La tradición refiere que, al ver caer al abanderado, recogió la enseña nacional y continuó alentando a sus hombres mientras protegía el pabellón. Acribillado por múltiples impactos, cayó al frente de su Batallón alrededor de las nueve y media de la mañana. Más tarde, su cuerpo fue retirado del campo de batalla envuelto en la misma bandera que había defendido hasta el último aliento (Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión, 1989; Roa Bárcena, 1902).

La República dispuso su ascenso póstumo a coronel y ordenó que pasara perpetuamente revista de presente; asimismo, declaró que el Batallón Activo de San Blas había merecido el bien de la patria por su brillante comportamiento en la defensa de Chapultepec. Al mencionar el nombre de Xicoténcatl, los jefes y oficiales del cuerpo debían descubrirse en señal de respeto (Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión, 1989).

La deuda de México comienza precisamente allí: en haber honrado la hazaña mediante un decreto y haberla relegado después mediante la memoria. El relato nacional concentró, con sobrada razón, pero de manera incompleta, el sacrificio de Chapultepec en los cadetes del Colegio Militar. La fuerza simbólica de los Niños Héroes terminó por cubrir a los soldados de San Blas con una segunda humareda, más duradera que la pólvora: la del olvido. Recordar a unos no exige disminuir a los otros. La patria posee gratitud suficiente para reconocer a todos sus hijos.

La documentación histórica ha advertido que los honores concedidos al Batallón y a su comandante han sido insuficientes y que la deuda nacional continúa vigente. No se trata de una inconformidad reciente. Desde el siglo XIX hubo esfuerzos por reconocer a todos los defensores de 1847; incluso los restos de Xicoténcatl fueron incluidos en las solemnes honras fúnebres celebradas en septiembre de 1848, cuando las heridas de la invasión todavía permanecían abiertas (Vázquez Mantecón, 2005). México los recordó cuando aún dolían y comenzó a olvidarlos cuando el dolor se volvió ceremonia.

Saldar esa deuda exige más que una placa discreta. El Batallón de San Blas debe ocupar un lugar visible en los libros escolares, museos, ceremonias cívicas y estudios militares. Sus integrantes merecen ser investigados por sus nombres, procedencias y destinos, pues una unidad no está formada por una cifra redonda de cuatrocientos hombres, sino por cuatrocientas vidas. También sería justo restituir plenamente el pase de lista perpetuo de Xicoténcatl y establecer un homenaje nacional específico al Batallón tanto en San Blas como en Chapultepec.

Una nación que olvida a quienes murieron por ella termina enseñando que el sacrificio fue inútil. México no puede pedir lealtad a las generaciones presentes mientras administra con mezquindad la memoria de los leales del pasado. Los soldados de San Blas recorrieron el país, combatieron en tres grandes frentes de aquella guerra y finalmente entregaron la vida sin exigir otra recompensa que defenderlo. No llegaron tarde a la cita con la patria; fue la patria la que llegó tarde a la cita con su memoria.

Ellos pagaron íntegra su deuda con México, hasta la última gota de sangre. Ahora corresponde a México pagar la suya: rescatarlos del olvido, devolverles sus nombres y concederles, por fin, el lugar de honor que conquistaron al pie de Chapultepec; al menos un muro con todos sus nombres en reconocimiento por su entrega total a la Patria y su inclusión en los libros de historia nacional.

Referencias

Alcaraz, R., Barreiro, A., Castillo, J. M., Escalante, F. M., Iglesias, J. M., Muñoz, M., Ortiz, R., Payno, M., Prieto, G., Ramírez, I., Saborío, N., Schiafino, F., Segura, F., Torrescano, P. M., & Urquidi, F. (1848). Apuntes para la historia de la guerra entre México y los Estados Unidos. Tipografía de Manuel Payno (hijo).

Bauer, K. J. (1974). The Mexican War, 1846–1848. Macmillan.

Cámara de Diputados del H. Congreso de la Unión. (1989, 13 de septiembre). Del Heroico Batallón de San Blas. Diario de los Debates de la Comisión Permanente, LIV Legislatura, año I, (37). https://cronica.diputados.gob.mx/Debates/54/1er/CPerma/19890913.html.

Foos, P. (2002). A short, offhand, killing affair: Soldiers and social conflict during the Mexican-American War. University of North Carolina Press.

Martí, J. (2007). A mis hermanos muertos el 27 de noviembre de 1871. En Obras completas: Edición crítica (t. 15, Poesía II). Centro de Estudios Martianos. (Trabajo original escrito en 1872).

Roa Bárcena, J. M. (1902). Recuerdos de la invasión norteamericana, 1846–1848: Por un joven de entonces (2 vols.). Imprenta de Victoriano Agüeros.

Vázquez Mantecón, M. del C. (2005). Las reliquias y sus héroes. Estudios de Historia Moderna y Contemporánea de México, (30), 47–110.