MONÓLOGO DE LA MAR

0
297

Mexicano…

Permíteme dirigirte unas palabras desde la inmensidad que me da la existencia.

Soy La Mar.

Esa misma que figura en tus himnos, que inspira a tus poetas, que deslumbra a tus turistas… y que, curiosamente, casi nunca aparece en tus decisiones de Estado.

Te he observado por siglos —con más paciencia que la de un santo y más estabilidad que presupuesto público— y confieso que no entiendo del todo tu misterioso pensamiento telúrico.

¿Cómo es posible que un país nacido entre dos océanos viva como si no tuviera ninguno?

Es un logro extraordinario.

De verdad, digno de estudio antropológico.

Podría exhibirse en un museo:

“La civilización Novohispana que tuvo mares y decidió no usarlos” cuando cambió su nombre.

La Mar recuerda; el mexicano promete recordar mañana.

Mexicano, tú olvidas, pero yo no.

Yo recuerdo tus astilleros, tus navegantes, tus puertos internacionales, tu gloriosa conexión con Oriente de la Nao de China; cuando Europa apenas entendía el mapamundi.

Yo recuerdo cuando eras potencia marítima y fuiste nodo del comercio mundial sin saberlo, antes de que la geografía perdiera su brújula y decidieras construir tu identidad mirando hacia tierra adentro, como quien se enamora de su propio ombligo con fervor patriótico.

Es admirable, mexicano: “tener mares tan vastos y una visión tan reducida.”.

La Mar contempla tus esfuerzos… y sonríe con elegancia.

No es que me enoje, no.

La ira no es un lujo de la mar océano.

Pero dime, criatura continentalizada:

¿qué te he hecho para que me ignores con tanta disciplina?

Tienes en mí rutas comerciales que mueven el mundo, ecosistemas de milagro, energía, alimento, transporte, turismo, ciencia, y yo aquí, esperando, como una reina paciente, a ver si te dignas a recordar que existo.

Mientras tanto, tú me miras como quien ve a la suegra lejana: solo en vacaciones y con respeto moderado.

La Mar formula preguntas solemnes con ironía sutil.

Mexicano, responde con el corazón en sincronía con las mareas:

¿En qué momento dejé de ser tu destino y me convertí en tu adorno?

¿Cuándo decidiste que tu futuro estaba en la tierra y no en el horizonte?

¿Cómo lograste que un territorio marítimo del tamaño de un imperio se redujera a una foto en Instagram?

Créeme: estas preguntas no las hago por celos.

Las hago por sentido de Estado, que alguien debe conservar.

La Mar ofrece su verdad con solemnidad

Sé que estás ocupado: la vida moderna es compleja.

Pero conviene recordarte algo, mexicano:

Mientras tú te debates entre reformas, crisis, elecciones y mañanas inciertas por el aglomerado tráfico; yo contengo la mayor parte de tu riqueza natural, la llave de tu seguridad alimentaria, la posibilidad de tu autonomía energética, la ruta de tu comercio, la base de tu poder en un siglo marítimo por excelencia.

Soy tu potencia marítima ignota.

La que no has activado.

La que no has querido mirar.

La Mar concluye con ironía dulce y solemne

Mexicano…

Cuando estés listo para ser grande, para mirar más allá del kilómetro cuadrado, para imaginar al país como actor global y no solo local, cuando te atrevas a soñar con puertos, flotas, ciencia marina, innovación, y un destino que abrace ambos océanos…

Aquí estaré.

No me iré a ninguna parte.

No puedo: soy tu Mar.

Solo te pido una cosa:

La próxima vez que hables de “futuro de México”, hazme el honor de incluirme… aunque sea al final del discurso.

Firma: La Mar

La que nunca te ha abandonado; pero de vez en cuando te contempla con una ceja oceánica levantada.