HÉROES DE SAL Y HONOR

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Autor: Almirante (Ret.) J. E. GarciaSilva P.

(Homenaje a nuestros marinos)

“Después de la mar, lo más admirable de la creación es la mujer.”  Paráfrasis de José Martí.

Cada primero de junio México mira, aunque sea por un instante, hacia la mar. Pero la mar no es solamente horizonte, espuma, comercio, bandera o puerto. La mar es memoria. Es sacrificio. Es patria líquida. Es tumba gloriosa de hombres buenos. Es altar donde muchos marinos mexicanos ofrendaron juventud, salud, familia y vida, sin pedir más recompensa que el deber cumplido.

Hay una historia bella, profunda y casi desconocida del marino mexicano. Una historia que no siempre aparece en los libros, que no siempre se enseña en las aulas, que pocas veces se honra en las plazas públicas. Es la historia de quienes salvaron vidas ajenas con riesgo de la propia; de quienes se internaron en temporales para rescatar pescadores, náufragos, comunidades aisladas o compatriotas sorprendidos por la furia del agua; de quienes murieron sin estruendo, sin estatua y sin clarín, pero con el alma firme y la bandera en el pecho.

En el viejo arcón del olvido reposan nombres, actos y silencios. Ahí duermen los marinos que no regresaron. Ahí están los que partieron una madrugada dejando un beso suspendido en la puerta, una esposa despierta, unos hijos dormidos y una promesa sencilla: “vuelvo pronto”. Pero la mar, que da vida y exige temple, a veces no devuelve completos los sueños que recibe.

También debe honrarse a la esposa del marino. Ella, cual Penélope mexicana, aprende a esperar sin hacer ruido. Espera frente al calendario, frente al teléfono, frente a la silla vacía de la mesa. Sabe de despedidas breves, de cumpleaños incompletos, de noches largas, de parir sola sin la presencia del amado esposo, de silencios que pesan. Ella sostiene el hogar mientras el hombre surca las olas; ella gobierna la casa mientras él sirve a la Patria; ella guarda encendida la lámpara del regreso.

Y qué decir de los hijos. Esos pequeños centinelas del afecto que crecen mirando hacia la puerta. Hijos que aprenden desde temprano que el amor también navega lejos. Hijos que callan preguntas que duelen. Hijos que un día, con la inocencia más terrible, preguntan a su madre: “Mamá, ¿tengo papá o no tengo papá?” Y esa frase, lanzada desde la pureza de un niño, atraviesa océanos, rompe corazones y retumba en la memoria del marino mientras navega solo, de guardia, bajo la noche inmensa.

Porque el marino mexicano no navega solo. Con él navegan su esposa, sus hijos, sus padres, sus recuerdos, sus temores y sus esperanzas. Navega con el retrato de la familia guardado en el camarote. Navega con el olor de su casa en la memoria. Navega con la voz de sus hijos en el alma. Navega sabiendo que servir a México exige renuncias que pocos conocen y sacrificios que pocos agradecen.

Por eso, en el Día de la Marina, no basta izar la bandera. Hay que izar también la memoria. Hay que sacar del arcón del olvido a esos hombres y mujeres que hicieron de la mar una escuela de honor. Hay que decirle a México que su grandeza no se explica solamente por la tierra que pisa, sino también por la mar que lo abraza, lo alimenta, lo comunica y lo protege.

Honor al marino mexicano que vive para servir. Honor al que salvó vidas. Honor al que entregó la suya. Honor a la esposa que esperó con dignidad. Honor a los hijos que crecieron entre ausencias y orgullo. Honor a todos aquellos que, sin pedir gloria, hicieron de su deber una forma silenciosa de amor por México.

Porque después de la mar, lo más admirable de la creación es la mujer; y después del deber cumplido, lo más sagrado es volver a casa.

Pero cuando el marino no vuelve, la Patria debe recordar por él. Y cuando la Patria recuerda, ningún sacrificio muere.