EL LEVIATÁN OLVIDADO: LA MAR Y EL DESTINO DE MÉXICO

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La “Parábola de la Joya cosida en la Túnica”

(Sutra de Loto)

Autor: Almirante (Ret) J. E. GarciaSilva Pérez

México tiene una curiosa manera de mirar su propia geografía. Presume, y con razón, de montañas, valles y volcanes; enumera con orgullo desiertos y selvas; conoce sus grandes ciudades y discute con pasión interminable el estado de sus carreteras y de las escazas vías férreas en servicio. Pero cuando la conversación llega a la mar, la memoria nacional parece encallar.

Olvidamos que durante 250 años, de 1565 a 1815, el territorio novohispano fue pieza fundamental de una extraordinaria comunicación comercial entre Asia y Europa. La “Nao de China” llegaba a Acapulco; las mercancías atravesaban el territorio ístmico de “Tehuantepec a la Villa de Espíritu Santo” en el Golfo de México y luego de Veracruz a la Capitanía General de Cuba (bajo la autoridad del virrey en la ciudad de México) y de la Habana zarpaban en convoy en la “Carrera de Indias”, continuaban en el océano Atlántico hacia la metrópoli en Europa. Durante siglos, México fue paso, puente y bisagra entre océanos.

También borramos de la memoria aquellos canales navegables del Valle de México, hoy sepultados bajo ejes viales y múltiples automóviles, por donde durante el siglo XIX navegaron embarcaciones de los “Vapores del Valle de México”. Poco recordamos, asimismo, el “cabotaje entre Veracruz y la península de Yucatán”, particularmente importante entre 1870 y 1910 para comunicar una región que durante décadas pareció vivir más próxima al Caribe que al centro de la República.

Y casi nadie recuerda ya al “BM Salvatierra”, aquel buque motor que durante años enlazó La Paz con Topolobampo y convirtió al Golfo de California en camino, en vez de frontera. Son episodios dispersos, pero juntos revelan una historia que merece ser pensada con serenidad: México no nació ajeno a la mar; fue una sociedad educada, poco a poco, para dejarla fuera de su memoria cotidiana.

Extraña paradoja la nuestra. Durante siglos supimos navegar para comunicar territorios, pueblos y continentes; después construimos carreteras sobre nuestros canales y, poco a poco, también pavimentamos la memoria. La mar permaneció allí, inmensa y paciente, frente a nuestras costas. Los que dejamos de mirarla fuimos nosotros.

Allí está la mar: paciente, extensa y generosa, rodeando buena parte del país (65% de nuestra superficie es mar). Y, sin embargo, frente a sus costas se extiende una inmensa región que rara vez es considerada parte del territorio nacional, mientras millones de mexicanos viven, culturalmente, de espaldas a ella. Que si acaso la mencionan sólo como bello paisaje de sol, playa y ocio… coctel de camarones o pescado frito.

Y vaya que resulta difícil justificar semejante distracción. México posee costas hacia el océano Pacífico, el Golfo de California, el Golfo de México y el mar Caribe. Su posición geográfica lo coloca entre dos grandes océanos y frente a algunas de las rutas comerciales más importantes del planeta. Esta condición representa mucho más que una curiosidad cartográfica. Como explicó Mahan, la posición geográfica, la configuración física, la extensión territorial, la población y el carácter de las instituciones influyen directamente en la capacidad de una nación para desarrollar su poder marítimo (Mahan, 1890).

La riqueza comienza en el noroeste. Entre la península de Baja California y los litorales de Sonora y Sinaloa se encuentra el Golfo de California, uno de los espacios marinos de mayor diversidad biológica del planeta, nombrado como el “Acuario del Mundo” por Jacques Cousteau. En sus aguas habitan numerosas especies de peces, mamíferos marinos, tortugas y aves. En torno a Ensenada, San Felipe, Puerto Peñasco, Guaymas, Santa Rosalía, Loreto, La Paz, Topolobampo y Mazatlán conviven actividades pesqueras, acuícolas, turísticas (donde duerme la Escalera Náutica), portuarias y científicas.

Baja California y Sudcalifornia poseen, además, una extraordinaria riqueza pesquera. Atún, sardina, langosta, abulón y diversas especies de escama forman parte de una economía marítima desarrollada durante generaciones. En las lagunas de San Ignacio, Ojo de Liebre y Bahía Magdalena aparece otra riqueza difícil de medir solamente en pesos: la llegada estacional de la ballena gris convierte aquellos espacios en santuarios naturales y en fuentes de actividad turística y científica. El capital natural de una nación, como advierte Costanza y colaboradores, proporciona servicios ambientales indispensables que poseen también un enorme valor económico y social (Costanza et al., 1997).

Más al sur, frente a Sinaloa y Nayarit, los sistemas lagunares, manglares y esteros sostienen importantes pesquerías y cultivos de camarón. Mazatlán constituye desde hace décadas un centro pesquero y turístico de primera importancia. En Nayarit, las marismas y estuarios muestran cómo la frontera entre tierra y mar puede convertirse simultáneamente en criadero natural, protección costera, paisaje y fuente de trabajo. Destruir esos ecosistemas para obtener una ganancia inmediata equivale, dicho sin demasiada elegancia, a vender la gallina y después preguntarse por qué faltan los huevos.

En el Pacífico central, Manzanillo, en Colima, y Lázaro Cárdenas, en Michoacán, representan otra clase de riqueza: la capacidad de conectar la economía mexicana con Asia y con las cadenas internacionales de producción. Un puerto moderno no es solamente un sitio donde atracan buques. Es infraestructura, información, ferrocarril, carretera, industria, aduanas, seguridad, tecnología, economía azul y empleo. Corbett recordó que la importancia estratégica de la mar se encuentra precisamente en las comunicaciones que permite establecer y proteger (Corbett, 1911).

Guerrero conserva en Acapulco una memoria marítima que México debería recordar con mayor frecuencia. Durante 250 años, la navegación entre Manila y la Nueva España convirtió aquel puerto en un extremo de una de las primeras grandes rutas comerciales verdaderamente globales. Por allí circularon plata americana, sedas, porcelanas, especias, conocimientos, personas y costumbres. La globalización, por decirlo de manera sencilla, llegó a las playas mexicanas varios siglos antes de que aprendiéramos a llamarla así.

Más hacia el sureste, Oaxaca y Chiapas poseen otra puerta formidable. Salina Cruz y Puerto Chiapas miran hacia el Pacífico y permiten comprender el valor del Istmo de Tehuantepec. La estrechez territorial entre Salina Cruz y Coatzacoalcos ofrece a México una posibilidad histórica de articular ambos litorales y participar con mayor profundidad en los flujos comerciales entre océanos. La geografía concedió la oportunidad; corresponde a las instituciones desarrollar la infraestructura y capacitar al capital humano para convertirla en realidad.

Del otro lado del país aparece el Golfo de México. Frente a Tamaulipas, Veracruz, Tabasco y Campeche se encuentran algunas de las mayores reservas y áreas de producción de hidrocarburos de México. La Sonda de Campeche transformó durante décadas a Ciudad del Carmen de un centro de pesca de camarón a uno de los principales centros de actividad petrolera costa afuera. Dos Bocas, en Tabasco; Coatzacoalcos y Veracruz; Tampico y Altamira, constituyen también puntos donde energía, petroquímica, industria y comercio marítimo se entrelazan.

Pero reducir el Golfo de México al petróleo sería contemplar la “Basílica de la Sagrada Familia” en Barcelona y fijarse únicamente en una de sus columnas. Sus aguas y litorales contienen pesquerías, arrecifes, humedales, manglares, playas, rutas de navegación y ecosistemas cuyo valor económico y ambiental es considerable. Veracruz posee sistemas arrecifales y una tradición marítima inseparable de la historia nacional. Tampico y Altamira vinculan la mar con el aparato industrial del noreste principalmente de Nuevo León. Tabasco y Campeche reúnen humedales y zonas costeras cuya conservación resulta fundamental para la protección frente a tormentas, la reproducción de especies y el sostenimiento de comunidades pesqueras.

Finalmente aparece Quintana Roo, donde México se asoma al Caribe. Cozumel, Isla Mujeres, Cancún, Puerto Morelos, Playa del Carmen, Mahahual y Chetumal viven en estrecha relación con la mar, sin olvidar un posible desarrollo en la “cantera de Sac Tun”. En el Caribe, los arrecifes coralinos, la pesca, el turismo, el buceo, los cruceros y la navegación recreativa convierten la calidad ambiental del océano en parte sustancial de la economía regional. Cuando el arrecife se deteriora o las playas pierden su equilibrio natural, el daño ecológico pronto encuentra traducción en empleos, ingresos y prosperidad.

También existen riquezas menos visibles. Los mares mexicanos contienen recursos minerales, posibilidades energéticas, microorganismos de interés científico, corredores biológicos y un inmenso campo para la investigación oceanográfica. La economía marítima contemporánea incorpora asimismo biotecnología, generación de energía, comunicaciones submarinas, robótica, navegación autónoma y sistemas digitales y que pronto serán de carácter obligatorio (1ro de enero del 2032); o quedaremos fuera de las principales y rentables rutas de comercio marítimo bajo el Código MASS). El poder marítimo moderno, señala Till, ya no descansa únicamente en las flotas: depende de un complejo entramado económico, tecnológico, político y social relacionado con el uso de la mar (Till, 2018).

Sin embargo, todo este potencial económico resulta inviable sin una profunda conciencia marítima. La olvidada mar lo es, sobre todo, en la psique colectiva de aquellos pueblos que, teniendo miles de kilómetros de litoral, viven mirando hacia el interior. La verdadera riqueza marítima requiere una cultura que reconozca el espacio oceánico no como el límite donde termina la patria, sino como el vasto horizonte donde realmente comienza.

Ese olvido tiene un precio. La sobreexplotación pesquera, la contaminación por plásticos, la degradación de manglares, la pérdida de arrecifes, el calentamiento y la acidificación de las aguas muestran que la riqueza natural tampoco es inagotable. Hardin advirtió hace décadas sobre la tendencia humana a consumir bienes comunes cuando los beneficios son individuales mientras los costos se distribuyen entre todos (Hardin, 1968). La mar demuestra diariamente la vigencia de aquella advertencia.

Protegerla, por tanto, no constituye un acto de romanticismo ecológico. Es una decisión económica, estratégica y de supervivencia. Una sociedad marítimamente consciente comprende que conservar un manglar también significa proteger poblaciones costeras; preservar una pesquería significa conservar empleos; formar marinos, ingenieros, científicos y técnicos significa construir independencia; mantener puertos seguros significa conservar abiertas las arterias comerciales del país.

México tiene frente a sus costas alimentos, energía, comercio, biodiversidad, turismo, ciencia, comunicaciones y oportunidades tecnológicas. Posee también una historia marítima que comenzó mucho antes que nosotros y un futuro que dependerá, en buena medida, de lo que hagamos con esa herencia.

La paradoja es sencilla: hemos llamado pobre a un país sentado frente a una inmensa riqueza que apenas conoce. Como la paradoja de “Sutra de Loto”.  Quizá sea tiempo de volver la mirada a la mar.  Porque la mar no es el paisaje que comienza donde termina México. La mar también es México.

Referencias

Corbett, J. S. (1911). Some principles of maritime strategy. Longmans, Green and Co.

Costanza, R., d’Arge, R., de Groot, R., Farber, S., Grasso, M., Hannon, B., Limburg, K., Naeem, S., O’Neill, R. V., Paruelo, J., Raskin, R. G., Sutton, P., & van den Belt, M. (1997). The value of the world’s ecosystem services and natural capital. Nature, 387, 253–260.

Hardin, G. (1968). The tragedy of the commons. Science, 162(3859), 1243–1248.

Mahan, A. T. (1890). The influence of sea power upon history, 1660–1783. Little, Brown and Company.

Till, G. (2018). Seapower: A guide for the twenty-first century (4th ed.). Routledge.